Me entero esta semana de que han cancelado la maravillosa serie Vinyl y, al igual que a Rajoy con la campaña, se me junta todo con la Eurocopa. Así que no puedo dejar que se me pase el homenaje a esta gran serie de la HBO. Más cuando mi ritmo de trabajo con esta página se parece mucho al de Rajoy.

Vinyl fue una serie que la cadena HBO nos vendió como “la serie de Martin Scorsese y Mick Jagger”. Ya nos quisieron vender Boardwalk Empire como la serie de Scorsese y mi reacción al oír la noticia fue ponerme escéptico. Pero, oigan, una joya. Y la mano del genio del cine se nota.

Martin Scorsese es un gran conocedor de la historia de la música popular americana, como ha dejado patente en su filmografía, plagada ella de documentales sobre música rock y alguno que otro de blues (cuando mi rajoyista ritmo de trabajo me lo permita, hablaremos aquí de ellos). Además, en sus películas ha usado cantidad de excusas para retratar la ciudad de Nueva York. Y ésta era la excusa perfecta para mezclar ambos temas de forma ambiciosa.

Vinyl está ambientada en la Nueva York de 1973. En esta metrópoli multicultural, y a través de las vivencias de distintos personajes, se muestra como la música rock, que en ese momento significaba cualquier estilo de música moderna, se va ramificando en distintos estilos y movimientos. Está el joven británico que no toca bien pero inventa el punk como grito de desesperación, está la música étnica de baile que se mezcla con los avances tecnológicos, está la estrella funky… ¡Hasta está John Lennon con Yoko Ono de cañas en club! ¡Y Andy Warhol haciendo sus cosas abstractas por ahí!

La plantilla de American Century intentando dejar claro que son los 70 y están en el rollo

La plantilla de la disográfica American Century. Los 60 quedaron atrás pero los pantalones de campana no.

El argumento central de la serie, por resumir, está centrado en las tropelías del dueño de una discográfica metido hasta el cuello en la mafia de la industria pero con un fondo de preocupación por la música, además de por el dinero y las drogas. Vamos, el típico protagonista que es medio bueno y medio malo. La trama, de hecho, no gira en torno a la música, más bien el mundo del rock la envuelve con continuas referencias sonoras e incluso visuales. Vinyl refleja un momento en el que el disco (el vinilo) tenía mucho valor, se vendía a millones y, como todos los ambientes en los que hay dinero, atrajo a lo peor de cada casa.

“Cuando comencé en este negocio el rock ‘n roll se definía así: dos judíos y un italiano grabando a cuatro negros. Ahora ha cambiado tanto, que casi ni se puede reconocer.”

Este demoledor inicio en su primer capítulo resume la serie mejor de lo que yo lo pueda hacer. El componente racial era importantísimo (en su momento lo era hasta para clasificar los estilos musicales) y la industria musical iba a un ritmo vertiginoso. Y si queréis comprobarlo, mirad el ritmo de publicación de discos de la época. Cada grupo sacaba dos trabajos al año.

Hablando de música racial, mención aparte merece Lester Grimes, ese maravilloso personaje negro al que la industria deja, literalmente, sin voz. Lester era un bluesman salido de los suburbios que recuerda mucho a Jimi Hendrix y se ve obligado a hacer pop bailongo (el Chachatwist, lo llama su avispado jefe) por los engaños de unos parásitos de la industria.

Todos los elementos que influyeron son mostrados con maestría: las drogas que corrían por salas de conciertos y despachos de discográficas, las exigencias cortoplacistas de una industria que siempre controló la música y a la que la música le importa un carajo, la absoluta falta de delimitación entre el pop y el rock, cuyos caminos aún no se habían separado… Vinyl nos muestra cosas que recuerdan a las que podemos leer en los ensayos, como la droga que se usaba para mantener entretenidos a los artistas mientras se les robaba, las radios corruptas al servicio de esos mismos intereses o los escándalos para salir en la prensa que si hacía falta se inventaban.

Las referencias a situaciones comunes del mundillo, la aparición de artistas como Alice Cooper o Led Zeppelin (representados por actores, eso sí), los guiños a canciones de Allman Brothers o The Who, el estilismo, las portadas, las fotos de contraportada, la banda sonora… Todo estaba bien ordenado para hacer las delicias de los aficionados al rock casi como si de un gran disco se tratase. Y ya toca despedirse de la serie.

Coincidiendo con la resurrección del formato analógico para oír música, parecía que los aficionados al tema habíamos encontrado un filón. Una pena enorme que no nos vaya a dar más momentos gloriosos como los que dejó en los diez capítulos que ha durado. Eso sí, como gusta hacer a los coleccionistas de vinilos, nos queda una joyita de sabor añejo que desempolvar de vez en cuando.

Vinyl, la serie de 2016 que se va al cajón de los vinilos
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